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lunes, 12 de octubre de 2020

CONVERSACION SOBRE LA CIUDAD CON EL FILOSOFO BYUNG-CHUL HAN (2Parte)





La idea de comunidad, de ciudad ritualizada de relaciones diversas y mestizas no está terminada, su profundidad es inmensa y acertar en su dirección en los tiempos actuales es importante. No es cuestión de mecanizar los procesos burocráticos como si no existieran otros, ni de confundir la repetición atenta con la repetición mecanizada. La repetición atenta, la artesanía, la rehabilitación, la recomposición son factores vivificadores, contrarios a la mecanización burocrática por muy digital que sea. 

Hoy en día llamamos nuevo al deseo constante de ir a la caza de nuevos estímulos, emociones y experiencias, y olvidamos el arte de la repetición, de lo artesano, del mestizaje latente, de lo atávico. Adoramos lo nuevo, lo aislado. Trivializamos lo nuevo rápidamente y lo convertimos en rutina, en mercancía que se consume y vuelve a inflamar el deseo de algo nuevo. Para escapar de la rutina, del vacío, de la soledad, del suicidio, consumimos aún más estímulos nuevos, nuevas emociones y experiencias. De manera, que es la misma sensación de vacío la que activa el consumo. La “vida intensa, excitante” que actúa como reclamo del neoliberalismo no es sino consumo intenso. Existen formas de repetición que crean auténtica intensidad. 

Hoy necesitamos investigar la manera de anclar la comunidad futura a la ciudad. Sentir físicamente la ciudad. Precisamente en la crisis del coronavirus, en la que todo se desarrolla por medios digitales, echamos mucho de menos la cercanía física. Todos estamos más o menos conectados digitalmente, pero falta la cercanía física, la comunidad palpable físicamente. Y sin comunidad no hay ciudad. Los Centros Históricos vacíos de relaciones de ciudadanos, no son ciudad, son objetos del neoliberalismo. El cuerpo que entrenamos solos en el gimnasio no tiene dimensión de comunidad. También en la sexualidad, en la que lo único que importa es el rendimiento, el cuerpo es, en cierto modo, algo solitario. La ciudad es un escenario en el que se inscriben los secretos, las divinidades y los sueños. El neoliberalismo produce una cultura de la autenticidad que pone el ego en el centro. La cultura de la autenticidad va de la mano de la desconfianza hacia las formas de interacción ritualizadas. Solo las emociones espontáneas, es decir, los estados subjetivos, son auténticos para el capitalismo. El comportamiento ritualizado, comunitario, se rechaza como falto de autenticidad. Un ejemplo es la cortesía. La cultura de la autenticidad subjetiva, del ego, conduce al embrutecimiento de la sociedad, y a favor de las formas bellas. 

La definición de comunidad, de ciudad, no se define por la exclusión del otro. Al contrario es muy hospitalaria. La comunidad a la que se acoplan las derechas está vacía de contenido. Por eso encuentra su sentido en la negación del otro, del extranjero. Está dominada por el miedo y el resentimiento. 

La pandemia de la covid-19 está teniendo un impacto enorme no sólo en términos sanitarios o económicos, sino también en nuestra definición de comunidad, en nuestro sentido de ciudad, de bienestar social, de ciudad saludable. La crisis del coronavirus ha acabado totalmente con las relaciones intersubjetivas. Ni siquiera está permitido darse la mano. La distancia social destruye cualquier proximidad física. La pandemia ha dado lugar a una sociedad de la cuarentena en la que se pierde toda experiencia comunitaria. Como estamos interconectados digitalmente, seguimos comunicándonos, pero sin ninguna experiencia comunitaria que nos haga felices. El virus aísla a las personas. Agrava la soledad y el aislamiento que, de todos modos, dominan nuestra sociedad. Los coreanos llaman corona blues a la depresión consecuencia de la pandemia. El virus consuma la desaparición de la ciudad. Es posible que, después de la pandemia, redescubramos los efectos perversos que hemos dejado en la ciudad, o igual ya no los recuperemos, y aparezcan otras cosas. 

A consecuencia de la pandemia nos dirigimos a un régimen de negación de las acciones comunitarias, de una comunicación digital como fin en sí misma y del aislamiento del individuo, sometido a vigilancia. El virus ha dejado al descubierto un punto muy vulnerable del capitalismo. A lo mejor se impone la idea del individuo digital, que convierte al individuo en objeto. Esto puede que consiga hacer al capitalismo invulnerable al virus. Sin embargo, significa el fin del liberalismo. En ese caso, el liberalismo no habrá sido más que un breve episodio. Pero igual este capitalismo no vaya a derrotar al virus. El patógeno será más fuerte. Según el paleontólogo Andrew Knoll, el ser humano es solamente la guinda de la evolución. El verdadero pastel se compone de bacterias y virus que amenazan con atravesar cualquier superficie frágil, e incluso reconquistarla, en cualquier momento. La pandemia es la consecuencia de la intervención brutal del ser humano en un delicado ecosistema. Los efectos del cambio climático serán más devastadores que la pandemia, sino somos capaces de entender el cambio climático y lo que nos pide. La violencia que el ser humano ejerce contra la naturaleza se está volviendo contra él con más fuerza. El ser humano está más amenazado que nunca y con ello el tipo de ciudad que conocemos. 

Vicente Seguí Pérez (economista-urbanista)

domingo, 27 de septiembre de 2020

ALGUNAS NOTAS SOBRE EL LIDERAZGO EN EL URBANISMO

En una época en que la sociedad se siente rodeada por la idea del liderazgo, en donde todos los jefes, directivos y políticos que se precien se esfuerzan por ser líderes, asistiendo a cursos sobre este tema y comprando libros para aprender a diseñar el futuro, observamos que tenemos una escasez grave de liderazgo en el ámbito del urbanismo. En el momento en que más lo necesitamos, en el que todos estamos mirando que la ciudad como objeto de relaciones diversas necesita ser revisada y mejorada en muchos aspectos, la crisis de liderazgo y por tanto de ideas está ralentizada, más allá de algunas escasas excepciones. 


El liderazgo no es magia, ni surge por ningún proceso de producción, y si queremos inventarlo para salir del paso, nos ocurre que ponemos todos los huevos en ese tipo de cesta, lo que hace que todo sea más endeble e inseguro. 

Por eso, me lanzo a desmontar algunos mitos sobre el liderazgo (o sobre lo que nos venden como liderazgo), aunque sea con cierta brevedad: 

1. Me pasa como a Woody Allen: No conozco la clave del éxito, pero sé o he aprendido que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo. Rehuyo de las recetas mediáticas que se venden como churros de poca consistencia y desaparecen como la espuma. Todo líder tiene sus enemigos y sus debates, incluso los mejores líderes, hasta que se impone como una idea segura. Hay que asumirlo como algo normal. Y de esto hay poco. 

2. Tenemos algunos líderes, no tantos, centrados en conseguir resultados (estilo capataz), y a veces funciona. Tiene mala prensa, destrozan a los equipos y desmotivan en pocos días todo lo que les rodea, pero funciona en algunos casos. Sobre todo en épocas de crisis, emergencias o cuando los resultados deben obtenerse a corto plazo. Suelen dejar como residuo un camino de despojos. 

3. A veces nos enredemos con que a las ciudades no les hace falta lideres , ni siquiera ideas solidas, lo que necesitamos es una gestión eficiente y estratégica. Es verdad, hay que saber gestionar recursos, procesos y personas pero liderar es esencial para poder diseñar opciones de futuro. 

4. Otras veces nos damos cuenta que tenemos lideres con recursos, despachos y equipos, pero que son incapaces de tomar decisiones, eso es como tener al mejor equipo del mundo esperando a que pase el tren y nunca lo cojan. 

5. ‎Me da la impresión que uno de los problemas mas importantes que tenemos en este momento de crisis urbana, es que no tenemos personas con habilidades de liderazgo, y algunos o muchos que podrían serlo y deberían, les da igual no serlo. 

6. Siempre he creído y se ha dicho que los líderes ayudan a crear y hacer crecer a sus equipos, pero en este país, en ocasiones, no hay sitio para tanto ego y todo se destruye. 

7. ‎Afirmo que el líder se hace, pero no solo con formación ni con masters. El autoaprendizaje, el contacto con otros profesionales, huir de los cursos de siempre, innovar, desarrollar empatías y conocer otras materias, es una gran forma de desarrollar las habilidades de liderazgo. 

8. ‎Cuando hablamos de liderazgo siempre parece que nos referimos al jefe, pero no es lo mismo ser jefe que ser líder. Ignorar el liderazgo informal supone una pérdida importante de capital social del equipo. 

9. En nuestro país la motivación se debió perder algún día y nadie la echó de menos mientras había dinero sobre la mesa. El dinero anula la motivación. Se acabó el dinero y todos volvimos a pensar en la motivación. Pero no sabemos como desarrollarla. 

Para acabar este pequeño texto sobre la importancia del liderazgo urbano, y la escasez que tenemos hoy día de ello, y de la importancia de la empatía, la actitud y la integridad, no voy a seguir insistiendo sobre la teoría que conoce todo el mundo, pero si centrarme en un mito: el de la gestión deficiente. 

Existe una línea de trabajo en el ámbito de la gestión llamada gestión basada en la evidencia, el “esto está claro”, “lo que hay que hacer es esto”, que pretende integrar la evidencia pseudocientífica con la experiencia individual. Suena bien, ¿verdad? Todos tenemos claro que la evidencia, unida a la experiencia, son una herramienta infalible, pero la realidad es otra. Un reciente estudio (Barends et al., 2017) entrevistó a un buen número de directivos preguntando en qué basan sus decisiones. Las respuestas fueron muy llamativas: un 91 por ciento en la experiencia personal, 64 por ciento en la intuición, 62 por ciento en el conocimiento adquirido mediante formación, 59 por ciento por consejos de otros colegas y solo un 34 por ciento en la literatura sobre gestión. 

Seguramente, basar todas las decisiones exclusivamente en la evidencia en un entorno tan complejo como la ciudad podría implicar un fracaso tras otro, pero además si le añadimos un exceso de experiencia personal y de intuición no justificada, es decir sin ni siquiera evidencia, nos llevará al mismo destino o peor. Evidencia y experiencia, sí por favor, que además ese es el truco de la gestión basada en la evidencia. Pero si le añadimos, habilidades, conocimiento, empatía, participación y transparencia, mucho mejor. En ocasiones, nos ocurre que el exceso de intuición falsa, rapidez, e inmediatez, nos invita a pensar en una gestión basada en la videncia y en la magia (o en la eminencia). Y así no llegaremos a ningún sitio. 

Vicente Seguí Pérez (Economista Urbanista)

jueves, 2 de julio de 2020

SUEÑOS DEL CONFINAMIENTO





Recuerdo los días del confinamiento. Como una nueva ciudad emergió ante mis ojos sin darme cuenta que pudiera existir. Una ciudad sin contaminación, sin ruido, silenciosa, llena de amabilidad en sus relaciones, donde pude de nuevo descubrir el barrio, la cercanía y sentir a mi vecino. Todos descubrimos el valor de las tiendas cercanas, el esfuerzo de las personas por ayudar y acompañar, incluso muchos nos acercamos al teletrabajo sin animo de productividad, simplemente porque podíamos ser útiles. Pero esa observación de la ciudad, esa distinta manera de acercarnos a ella, nos hizo ver, cuantos déficits teníamos, cuantas inutilidades y excrecencias habíamos acumulado. Muchas personas sufrían en viviendas estrechas, espacios mínimos de existencia, falta de naturaleza, de equipamientos de salud, de soluciones adecuadas para las personas mayores y los niños, y mucho peor dificultades para comer, para disponer de logísticas adecuadas para cooperar en nuestras relaciones de humanidad. 

Pero con el desconfinamiento, la gente se echó a la calle. No cabía en las aceras. Soñó con parques que no tenía, tuvimos miedo a los transportes colectivos, pero nos metimos en ellos. Repensamos la movilidad y el comercio. Volvimos a pensar para qué habíamos hecho ciudades. La hiperglobalidad había vaciado a la ciudadanía de los productos estratégicos que necesitábamos cercanos, descubrimos que la agricultura y el campo eran esenciales, la industria sanitaria, el cuidado humano o el empleo. Nos dimos cuenta de algo esencial, que se nos había olvidado, nos hacia falta una ciudad más humana y más cercana. 

Hoy cuando nos acercamos a lo que llamaos una nueva normalidad, vemos que algunas cosas están cambiando, muchas otras nos dicen que van a cambiar y otras muchas, la gran mayoría se nos van olvidando. Recuerdo que se cortaron calles para ganarle carriles a los coches y poder andar mejor. 

Se dice que las ciudades se adaptan a todo siempre, pero no es cierto, muchas han desaparecido. Resurgen de terremotos, de incendios, de pandemias, pero no todas resurgen igual y algunas se quedan en el camino. Pero siempre aprenden poco. No quiero verlo de forma pesimista, ¿pero qué quedó de esas oportunidades de cambio que soñamos en el confinamiento?. De que el espacio público, la salud, la dependencia, la educación, la creación de inmensos espacios naturales, las inversiones en movilidad colectiva, el cuidado, el talento, la formación, el empleo, había que renovarlos. Que diría ahora, Ester Higueras, profesora del Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio en la Universidad Politécnica de Madrid (UPM) y el grupo de Arquitectura Bioclimática en un entorno sostenible (Abio), y tantos y tantos profesionales que han llamado la atención sobre la necesidad de renovar el hacer de nuestras ciudades y territorio. 

¿Conseguiremos calles con muchos menos coches, con más zonas peatonales, ciudades mas integradas en la naturaleza, mas bicicletas, más desplazamientos a pie, mejor salud, mejor educación, mejor empleo, mejores ordenaciones…..? Tenemos ya mucho pensado y escrito sobre los objetivos de desarrollo sostenible, para resolver la complejidad de las ciudades, integrar la diversidad, construir espacios mas igualitarios…. . Nuestros problemas no son la falta de espacios, ni de recursos, sino de voluntad de querer reformar los modelos, que sabemos que son ya muy poco eficientes y muy precarios . “Nuestros padres vivieron el cambio de la ciudad sin coches a la invasión del coche, nosotros podemos hacer al revés”, opina Higueras. El automóvil individual podría servir, como otras tantas cosas, pero serian de otra forma. Se abre una gran ocasión para acelerar medidas que hubieran llevado años. 

“Hay un gran consenso entre la ciudadania de las grandes ciudades en cambiar las relaciones humanas, más allá de ideologías, opina Leire Pajín, directora de Desarrollo Global del Instituto de salud Global de Barcelona (IS Global) impulsado por la Fundación La Caixa. Esta entidad es una de las organizadoras de los foros que están debatiendo sobre estas cuestiones . 

Desgraciadamente pocas ciudades están conformando equipos para pensar en cómo cambiar la ciudad tras el virus. En Barcelona, el nombre es significativo: Reset, en Madrid también están acumulando pensamiento. Quieren ganar calles para peatones. Quieren conseguir grupos de bloques de viviendas cerrados al tráfico, y recuperar pisos turísticos para convertirlos en viviendas de alquiler asequible. probar soluciones baratas y rápidas, reversibles, sin grandes obras “El espacio del coche tiene que reducirse en favor del peatón, no hay vuelta atrás, las calles deben ser más repensadas para los peatones. Hemos visto las ventajas de poder hacer lo máximo posible andando, cosas que se habían perdido en la ciudad, conocer al vecino, ver a los niños jugar en la calle, es emocionante”, reflexiona nuestro amigo Jose María Ezquiaga o José Segui apostando por hacer más ciudad o Salvador Moreno Peralta impulsando la vuelta a los territorios vacíos de las zonas rurales. 

Tenemos que conseguir mejores modelos posibles, las ciudades no pueden seguir así. La situación cada vez es más insostenible. Necesitamos visiones micros del urbanismo, practicas ensayadas sobre modelos más eficientes y humanos. ¿Que sentido tiene seguir generando problemas de salud?, más de 100.000 muertos anuales padecemos por modelos inútiles. Inutilidades para llenar basureros, precariedades de empleo y una formación y educación cada vez con mas insuficientes. 

De las ciudades y de la recuperación y revaloración de la agricultura y los espacios vacíos en el mundo rural tienen que surgir las soluciones. Y es fundamental la coordinación, hacerlo todos a la vez, porque mi solución no es solución sin ti, hemos descubierto la interdependencia. Hay que evitar que la crisis multiplique la desigualdad, mantener vivas las empresas capaces de colaborar no de acumular, usar dinero público con el máximo de impacto productivo colectivo. Muchos negocios van a disminuir, no por la pandemia, sino porque ya venían dando síntomas de obsolescencia, ya no sirven Los modelos productivos de las ciudades están mal distribuidos, excesos de algunas cosas antiguas y déficits de otras muy necesarias. 

“Ahora somos conscientes de la dependencia de nuestros modelos respecto a sistemas lejanos y con gran impacto ambiental. Ha habido una reacción positiva de las ciudades, un esfuerzo por fomentar la alimentación de proximidad. Hay que replantear la relación entre el campo y la ciudad”, considera Maria Simon de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid (Etsam), especializada en alimentación de proximidad. En Riba-roja de Túria, 22.000 vecinos, el Ayuntamiento ha creado un “Amazon del pueblo” para reducir la brecha digital del pequeño comercio. Una veintena de ciudades españolas han firmado el Pacto de Milán de 2015 que reúne a más de 200 urbes del mundo, para impulsar la producción local y buscar sistemas alimentarios sostenibles “Hay que hacer campañas para concienciar a la gente y trabajar en los precios de producción y en la distribución. Menos del 5% de lo que entra en Mercamadrid llega de la Comunidad de Madrid”. 

El regreso a las teorías de la estadounidense canadiense Jane Jacobs y su concepto de «ciudad viva», expuestas en el libro La muerte y la vida de las grandes ciudades americanas, publicado en 1961, está más viva que nunca. No es cuestión de construir mucho más, y menos grandes proyectos, sino de reorganizar lo que tenemos, de innovar e investigar. Debemos ser más multifuncionales, una infraestructura puede servir para muchas cosas. 

Que vamos a hacer con los ancianos y los niños. Hay que descubrir el sentido de comunidad y de la relación entre los seres humanos. Redescubrir el sentido del arraigo, el vínculo con el lugar en el que se vive, que es lo que crea resiliencia comunitaria y ante una catástrofe resiste e incluso se transforma a mejor. Lo modelos urbanos para la convivencia entre las distintas edades no están bien resueltos. Reforzar la comunidad cercana, pasa por facilitar el acceso y la permanencia en la vivienda, ayudar al empleo local y darle prioridad en los proyectos públicos. 

Se debe pensar ya que las ciudades españolas tendrán una población cada vez más envejecida. “el envejecimiento en España no está planificado”. “Las residencias son carísimas y en las públicas no hay plazas. No hay solución fácil. El descubrimiento de esta crisis es que somos seres ecodependientes e interdependientes”. Necesitamos revisar nuestros modelos de empleo y negocio, el productivo y el reproductivo. ¿Cómo queremos atravesar las ciudades para trabajar, como pasear, como ir a hacer la compra, cuidar de los niños, de ancianos, cuidar de la casa, participar en una asociación vecinal?, ¿como nos queremos mover en transporte público, bicicleta o caminando?. Quizás todo fue un sueño de una época de confinamiento. 





Vicente Seguí Pérez (Economista- Urbanísta)

lunes, 8 de junio de 2020

A FAVOR DE UN MODELO ECONÓMICO QUE FAVOREZCA CIUDADES SALUDABLES. Escrito por Vicente Seguí Perez (economista Urbanista)




Veo pasar las semanas con cierta tristeza. Y observo que hay un paradigma urbano del que no salimos. Es más, conforme perdemos el miedo al COVID- 19, nos afirmamos en él, a pesar de toda la crisis que estamos pasando. Se afirma, que no es posible un modelo económico sostenible como formula para crear ciudades saludables. No importa que necesitemos vivir mejor, salvar el medio ambiente urbano y natural y la biodiversidad territorial, e impulsar modelos de ciudades saludables, seguimos sosteniendo tercamente la idea de mantener el crecimiento económico capitalista aunque sea insostenible.

Veo como volvemos a los discursos del crecimiento del ladrillo y la destrucción de la biodiversidad como solución. Así vemos como distintas Comunidades Autónomas sacan leyes de  dinamización económica en este sentido. Necesitamos seguir produciendo ladrillo y cemento, sino, no hay salida, se nos dice, por parte de estos gobiernos, para crear empleo. Sin poner sobre la mesa ninguna política activa de empleo nueva. Y esto está prevaleciendo en Gobiernos, empresas y algunos organismos internacionales. Pero esta idea no se sostiene con los datos que tenemos desde el siglo XX. Hoy lo tenemos claro, el aumento del consumo de recursos y emisiones contaminantes como consecuencia del crecimiento económico y urbano desaforado no es compatible con la biodiversidad de la vida, ni con la construcción de ciudades saludables y sostenibles.

Muchos académicos, instituciones, Universidades, Centros de investigación, creen necesario y urgente un cambio de este paradigma. Entre ellos el español Iago Otero, del Centro Interdisciplinario de Investigación en la Montaña de la Universidad de Lausana (Suiza), y para ello propone una batería de medidas de choque para limitar los efectos de la economía en los ecosistemas agotados. Todo ellos bajo un lema imprescindible, es necesario el decrecimiento urbano y económico si queremos salvar la biodiversidad y el bienestar humano. No es compatible el crecimiento del ladrillo exacerbado y la preservación de los ecosistemas urbanos y naturales agotados por un crecimiento de los servicios de alto coste energético y precarios en empleo, y mucho menos cualquier tendencia hacia los procesos de desigualdad, sino revaluamos los valores consumistas y los sustituimos por ideales de cooperación. Hasta hoy ha prevalecido la idea de que era compatible, crecimiento capitalista y biodiversidad, pero ya no hay dudas, es incompatible.

Otero, como una conclusión más de la crisis del covid -19 confirma que si queremos conservar la vida, tenemos que salvaguardar la biodiversidad: “Una naturaleza bien conservada nos protegería de enfermedades como esta. Detrás de la pandemia está la deforestación, la expansión de la agricultura o el comercio de especies,  que ponen a más gente en contacto con los  animales portadores de los virus”.

Podemos resumir las medidas, a modo de ejemplo, en las siguientes:

a  a)    Limitar la explotación y comercialización de los recursos industriales ineficientes en términos de diversidad, sean ladrillo o cemento o tierras, recursos naturales  o gasto energético. Imponer a nivel internacional limitaciones en la cantidad de recursos naturales utilizados para la producción de los bienes comercializados por sobre explotación. Imponer diferentes cupos a cada país dependiendo de su consumo histórico y de los excesos en las emisiones de dióxido de carbono.

  b)    Restringir la construcción de grandes infraestructuras que impidan el desarrollo y la integridad de los espacios verdes. Los espacios verdes vertebran las ciudades saludables. Los espacios verdes pueden reconstruir las ciudades. Poner coto al desarrollo de grandes infraestructuras y de redes de transporte que rompen la integridad de los espacios de valor ecológico.

cc)    Potenciar la agricultura de proximidad y el mundo rural. Los “territorios vacíos” recualifican el sentido comunitario.

 d)    Limitar la expansión indiscriminada de las ciudades metropolitanas. Relocalizar la economía para disminuir la distancia entre los centros de producción y consumidores. Este requiere frenar la expansión geográfica de las ciudades en favor de explotaciones agrarias próximas a las urbes, evitando así la destrucción de zonas naturales en otras regiones.

e e)    Favorecer la planificación urbanística racional.

 f)     Innovar en políticas activas de empleo, creando nuevos empleos y  reduciendo jornadas laborales. Bajo determinadas circunstancias, la jornada de trabajo más corta estaría relacionada con menores emisiones de carbono y otras afectaciones perjudiciales para la biodiversidad.

 g)    Dificultar el desarrollo de productos procedentes de la sobreexplotación agrícola y de la naturaleza. La naturaleza crea civilización.

Esta son algunas medidas, podemos pensar muchas más. No hay que ser muy listos para darnos cuenta que estas propuestas y otras parecidas se enfrentaran a multitud de “barreras culturales y sociales” porque van contra “el imaginario que prevalece de un crecimiento ilimitado”. Pero no nos queda mas remedio que debatir sobre estas cuestiones. Lo mas inmediato sería poner en evidencia el PIB como índice de satisfacción social,  y empezar a establecer otros nuevos índices  que evalúen el bienestar social, los niveles de protección del medio ambiente y la sostenibilidad de nuestra comunidad.

Hasta la fecha, no se ha encontrado ninguna correlación que sustente el incremento del PIB con la reducción del consumo de recursos naturales. A más PIB más destrucción de la biodiversidad y desigualdad. Hay una coincidencia entre los niveles de evolución del PIB mundial desde 1950 y las sobreexplotaciones agrarias, el uso de pesticidas y fertilizantes, y la demanda de consumo de carne. La producción humana de materiales ha crecido en el último siglo al unísono con el PIB mundial, sustituyendo ecosistemas urbanos y naturales a una escala masiva.

La perdida de biodiversidad es evidente con la extinción de flora y fauna, pero también con modos y lenguajes culturales, básicos para existencia.  En los próximos años esto seguirá en aumento a un ritmo del 60%, con perdidas de hábitats y recursos de existencia alarmantes.

Pero muchos académicos, entre ellos Iago, ven factible  un crecimiento del bienestar disminuyendo el uso y el abuso de recursos naturales y las emisiones de gases contaminantes.  En momentos de crisis como los actuales, necesitamos intentarlo. Ni siquiera somos capaces de cumplir el objetivo de dejar de aumentar el calentamiento del planeta en torno a 1,5 grados.

La Comisión Europea ha lanzado el llamado “Pacto Verde”: es necesario decrecer en términos de PIB para construir una sociedad “postcrecimiento”. Pero Otero, insiste una y otra vez necesitamos dejar de utilizar el PIB como indicador guía de bienestar urbano. Hay que recorrer otros caminos.


domingo, 31 de mayo de 2020

MAS ALLÁ DE LA INCERTIDUMBRE HAY MODELO URBANO. Escrito pot Vicente Seguí Pérez (Economista Urbanista)




Vengan lo problemas de donde vengan. Vengan las crisis por donde aparezcan, hay métodos contra su locura. Hace mucho tiempo que vengo hablando contra la necesidad de prevenir lo imprevisible. Lo imprevisible no es una maldición, sino nuevas formas de enfrentarnos a pautas distintas derivadas de complejidades distintas. La complejidad significa un salto cualitativo en nuestra civilización, necesario y buscado a veces, pero esa complejidad trae aparejada nuevos sistemas de incertidumbre. Y muchas veces estas no aparecen de repente.  En algunos casos hace siglos que las venimos viendo venir. Pero nos empeñamos en seguir pensando y trabajando con métodos del siglo XIX, con los que hemos recorrido el siglo XX y en muchos casos no hemos optado por innovar y aportar nuevo talento, para mejorar los modelos. Lo cierto, es que más allá de la incertidumbre existe el modelo urbano.

Muchos recordareis  a Lord Kelvin, el de los grados Kelvin, esa unidad de temperatura de la escala creada en 1848 por William Thomson, primer barón de Kelvin. A finales del siglo XIX, pensaba, que todo lo esencial ya había sido descubierto, y que solo quedaba pulir algunos detalles. No pudo equivocarse más. Entre 1900 y 1905, Max Planck y Albert Einstein descubrieron la mecánica cuántica y la relatividad, los dos pilares de la física actual, y los cimientos del mundo tecnológico en que estamos inmersos. Ni siquiera Planck y Einstein pudieron predecir las consecuencias enormes de sus ideas rompedoras, no hablemos ya del resto de los científicos de la época ni menos aún de la ciudadanía culta en general. El patinazo de Lord Kelvin revela una cualidad fundamental del mundo y de nuestra concepción de él: que lo imprevisible, la incertidumbre que abre la complejidad y la innovación, no se puede prevenir, porque de eso se trata de abrir nuevas puertas a un infinito continuo de posibilidades. Como dijo el matemático John Allen Paulos, con gran ironía, “ningún periódico publicó en 1900, que ya solo faltan cinco años para que se descubra la relatividad”. Podía ser una cita de economista de bolsa, pero no lo era, siempre hemos navegado sobre la incertidumbre y es ella la que nos provoca la innovación, el talento y el salto a nuevas etapas.

La crisis del covid 19 actual, sin embargo, la estamos traduciendo con un mensaje contrario: nos hemos hecho tan reglados y seguros que no somos capaces de prevenir lo imprevisible. No puede ser, si ya lo teníamos todo planificado, si solo nos quedaba administrar la certidumbre. Pensábamos que lo imprevisible, la incertidumbre no podía existir y si existiese era culpa de alguien, un error de la naturaleza. Parece una contradicción, un laberinto semántico. La idea de que siempre hay una forma de escapar del laberinto, la hemos colapsado.

Otra cosa que hemos olvidado es que en nuestro mundo, lo imprevisible sigue pautas, posibilidades de pautas, no son modelos arbitrarios. Los economistas no vaticinaron la crisis financiera de 2008, algunos vieron burbujas especulativas de créditos, pero estoy seguro que si ahora detectáramos burbujas de crédito de alto riesgo de morosidad, se nos erizarían los cabellos. Aprendemos de la experiencia, al menos algunos, y también podemos extrapolarla, de modo que no solo abarque a la travesura crediticia sino también a cualquier otra burbuja. Eso sería una forma de prevenir lo imprevisible, de movernos en la incertidumbre de la complejidad ¿no?. Aunque no lo creamos, los modelos complejos también siguen pautas, y descubrirlas es en el fondo el objetivo del talento.

Es verdad, muchos somos escépticos, incluso cenizos, no vemos como aparecen esas pautas  que pueden abrir nuevas posibilidades en épocas de crisis y cambiar nuestra psicología, y nuestra forma de actuar. Pero a pesar de todo, debemos crear dosis de confianza en abundancia, porque nos guste o no, arrastramos lastres de desigualdad de todo tipo que nos obligan a gobernanzas urbanas mas racionales.  El urbanismo no es el seguimiento de la norma , sino el proyecto que acierta a dar respuesta a esa incertidumbre que nos abre nuevas posibilidades y resuelve acertadamente la complejidad.
Prevenir lo imprevisible es difícil, sí, pero no por razones científicas ni filosóficas, sino por los lastres de pensamiento y socioeconómicos que sufren nuestro modelo urbano actual. Hay quien piensa que eso cambiará gracias a la pandemia, porque sí, o mejor que volveremos a la antigua normalidad, como si nada hubiera pasado. Pero os aviso con cariño,  los cenizos somos escépticos, porque vemos cómo un  puñado de nuevas pautas a las que llamamos “incertidumbres derivadas de las crisis” pueden cambiar la psicología humana, los modelos urbanos y los mercados locales. Ojalá demos con la inmunidad adecuada para que todo sea más lento, porque el susto nos puede bloquear y el miedo hacerlo todo más largo.

miércoles, 27 de mayo de 2020

REFORCEMOS LA CIUDAD, EL BIEN COMÚN. Escrito por Vicente Seguí Perez (Economista Urbanista)

      


Ahora, más que nunca, el bien común, la ciudad, es la base de un futuro mejor.  La ciudades que mejor funcionan son aquellas que han creado, asumido, y ahora refuerzan, unos códigos propios de conducta urbana saludables. El “bien común”, la ciudad, “el espacio colectivo”, que enarbola nuestros códigos propios como comunidad es la base de la construcción de la ciudad.
Puede parecer simple, pero lo contrario, atizar el desastre de la desunión, para impulsar los instrumentos de la codicia y el abrazo al negocio sin más, nos lleva a un pandemia mayor, no solo sanitaria, sino también económica, social, y como no urbana .En este momento, este es el reto mundial y local, en nuestras comunidades,  que afecta el principio a la salud de las personas y que está llevándose consigo una gran cantidad de vidas y de recursos de bienestar.
Cómo no recordar en estos días a Max von Sydow, el actor sueco recientemente fallecido, que representó en El séptimo sello, la figura del caballero que juega al ajedrez con la muerte una partida, perdida de antemano, en ese tétrico marco medieval de procesiones de flagelantes aterrados ante la peste. O la magistral descripción de la peste de 1630 en Milán que ofrece Manzoni en Los novios. O el brillante relato de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera.
A diferencia de otras ocasiones, la actual crisis sanitaria, cuenta con más y mejores recursos para responder a ella, en unos sectores mas que en otros, no nos engañemos, igual que unas ciudades más que en otras. Como urbanistas, hoy, tenemos un personal bien formado y entregado a su profesión. Merecen todos, nuestro más profundo agradecimiento. Han abierto el debate con rapidez y sin miedos, y aunque han surgido oportunistas sin escrúpulos, que siguen anclados en modelos urbanos antiguos como si nada hubiera pasado, ni en esta crisis, ni en la de 2.008, manipulando y frivolizando las ideas, hay que reconocer que han sido una minoría.
Es cierto, que pululan conductas insolidarias, de esas que dicen: “ aquí lo que hace falta es flexibilizar y aumentar el cemento, seguir el juego a costa de lo que sea”. No les preocupan los déficits de salud, ni lo que ocurre en la dependencia y en la residencia de los ancianos, ni en el cuidado y la educación de los niños, ni como crear empleo estable, remodelar la logística del trasporte, la falta de vivienda digna, los déficits a raudales de naturaleza que tenemos y de biodiversidad, de organización de servicios sociales, o que modelos urbanos ofrecer, para superar estos nuevos retos. Los problemas urbanos de déficits de bienestar y empleo que han surgido se les ha olvidado enseguida. Pero hoy sabemos que nuestro mundo es más que nunca interdependiente y la solidaridad universal es indispensable.
El miedo se nos va entre la manos y la ciencia se nos quedó en mercancía: “Haber si pronto tenemos vacuna, claman, y nos dejan seguir con nuestra normalidad antigua”. Siempre el miedo guardó de algún modo la viña para que tuviéramos interés en sobrevivir, los que pueden.
Por eso estos días se repite el eslogan: “Navegamos todos en el mismo barco, debemos estar unidos”. Y ciertamente, es así. El fugaz vínculo del interés común, la ciudad, es demasiado débil para hacer frente con altura humana al desafío social y económico, que ya se está incubando, y exigirán para enfrentarse a él mucho más capital ético que la simple convicción de que no nos conviene egoístamente que se hunda el barco: perdemos todos. La agregación de individuos no basta para resolver nuestras comunidades urbanas, hace falta un “nosotros y nosotras”, reforzado como ciudad.
No nos olvidemos, siempre habrá un antes y un después de esta crisis, por muchas medidas paliativas que tomemos. Necesitamos mucho más que una ciudad temerosa, de esas que dicen: “aquí no pasa nada, sigamos adelante como íbamos” . Hace falta hacer frente al reto social y económico, no solo de lo tangible en las ciudades que se nos esta quedando obsoleto, sino  acrecentar el peso de lo intangible en la vida social, en la reconstrucción del “bien común”, la ciudad.
Resulta indispensable la mano intangible de los valores, las normas y las virtudes cívicas, que son valiosas por sí mismas y para lograr que la ciudad funcione. Es el aceite que engrasa las ruedas de las maquinarias visible e invisible, el peso de lo intangible. Lo que la tradición clásica urbanística ha llamado el urban, el carácter de una sociedad, desde el que hacer frente a las situaciones cambiantes y de incertidumbre que las sociedades complejas nos traen. Philip Petitt en sus textos nos lo recuerda, una y otra vez.
Nuestras ciudades y territorios sufren hoy profundas obsolescencias y agotamientos. Hay trozos de ciudades que mueren y otros que tienen éxito. Necesitamos nuevos conceptos para entender mejor lo que sucede, sus causas, sus erosiones, los nuevos códigos  de conducta de la comunidad urbana.
Igual que el agua revela su importancia en cuanto falta. Igualmente, renunciar a diseñar, y planificar nuestras ciudades, enseña el error enseguida. Necesitamos nuevas practicas urbanas compartidas, que nos ayuden a hacer que las ciudades que se erosionan vuelvan a encontrar la dirección idónea para funcionar.

¿De verdad, que sabemos de esto? ¿estamos aprendiendo estas lecciones para el futuro, que ya es presente?. Estoy seguro que igual que salimos en otras crisis, saldremos de esta, mal que bien la superaremos, aunque sea con tristes resultados. Pero lo que sucederá en el futuro dependerá en buena medida de cómo ejerzamos nuestras actitudes y reconstruyamos nuestros códigos urbanos. ¿Será desde ese “nosotros y nosotras”, desde de ese bien común incluyente?, o ¿será desde la negación de los modelos urbanos?, idolatrando los fragmentos  que ofertan lúgubres soluciones, en los que unos ignorantes gurús del urbanismo juegan a hacerse con el poder. Es en este punto donde demostraremos que hemos aprendido algo.
Por eso es importante enfrentase al conflicto, obtener conocimiento y acercarse a la realidad sin miedo. Siempre es buen momento, pero este si cabe es más, apostar por la verdad de la realidad urbana, libres de ideas preconcebidas, sin la visión deformante de la realidad con la que juegan los poderosos.
A pesar de las declaraciones de algunos gurús, de que es el fin de los modelos en comunidad, el fin del “bien común”, de la ciudad, tendremos que seguir eligiendo. Somos conscientes una vez más de nuestra fragilidad e incertidumbre, y de nuestra gran complejidad. Vendrán nuevas crisis para las que no tendremos tampoco una respuesta inmediata. Pero lo que sí podemos anticipar es que estaremos mucho mejor preparados para enfrentarlas si lo hacemos desde la amistad cívica urbana, que es preciso cultivar día a día. Desde la convicción de que estamos unidos por un vínculo que nos convierte en un “nosotros y nosotras” incluyente, ciudades del bien común, no en unos excluyentes fragmentos de políticas de ofertas. Como dice Adela Cortina, es desde la indispensable solidaridad urbana, que no se improvisa, desde donde hay que enfrentarse a estos nuevos retos sanitarios y no, desde la que algunos están dando tan buenas muestras en esta dolorosa situación.







lunes, 18 de mayo de 2020

LA ÚNICA VERDAD ES LA REALIDAD




La epidemiología y el urbanismo han estado históricamente relacionadas. Así ocurrió en el caso de las teorías higienistas, en las políticas de viviendas o con la necesidad de espacios verdes. Ambas disciplinas conjuntamente han desarrollado patrones y estándares urbanos que aplicamos sin pensar porqué lo hacemos. han sabido comprender y seguir las huellas que dejaba en las ciudades la complejidad de la vida urbana, encontrar el problema y resolverlo. Han sabido descubrir anomalías, cuales eran y de donde venían, y como podían curarlas. Las dos han admitido siempre la realidad con la que se encontraban, sin negarla, y a partir de esa realidad “curar la enfermedad”. Ninguna de las dos negó la realidad,  a partir de sus análisis, quisieron mejorarla. Nunca negaron la realidad existente, ni se plantearon transformarla con modelos teóricos que no existían en la realidad de la vida de las personas. Ninguna de las dos se han sentido exclusivamente disciplinas normativas, el fruto de la norma llegaba de forma indirecta pero no era el fin. El fin, el objetivo de ambas es curar conflictos o anomalías, a partir de ahí beneficios indirectos surgen muchos.

Una de las mas clásicas correlaciones de variables que las anomalías urbanas han tenido históricamente entre ambas ciencias, han sido las que tenían que ver con la pobreza, la desigualdad, o los déficits de bienestar y salud, estas variables estaban detrás de muchos procesos anómalos en las ciudades. Lo que implicaba que ambas tenían la oportunidad única  de recolectar datos y conocer a fondo las complejidades de la convivencia humana.  A veces, no sabían dónde buscar.  Era como buscar una aguja en un pajar,  así que requerían de todo y de todos, para enfrentarse a los problemas de las nuevas complejidades urbanas.  ¿Tenía que ver la comida con la educación?, ¿por qué había mas epidemias en unos barrios que en otros?, ¿Como debían ser las calles, los colegios, las asistencias sanitarias…? ¿Cómo debía ser la vivienda?, ¿Los baños debían estar dentro o fuera de la casa?, ¿debían ser aireadas, soleadas…?,  ¿A qué distancia deben estar los colegios?, ¿El empleo y la residencia deben estar juntos o separados? …¿Qué densidades deben tener los barrios para que fueran saludables?...

Supieron desafiar abiertamente la sabiduría convencional, la “sabiduría de la convicción social”.  La sabiduría convencional de cada momento sostenía  que todo era seguro y cierto. Pero esto ocurría hasta un cierto punto, pensaron, hay umbrales que no.  Hay que tener un gran entusiasmo para desafiar la sabiduría convencional  que dan las nuevas tecnologías y las normas  del momento, esas que nos dan certidumbre y eficiencia. Pero esto no siempre ocurre, por eso introdujimos los cálculos matemáticos, no la estadística, en el urbanismo, para darle un barniz de certeza, sin darnos cuenta que el urbanismo, como la epidemiologia o la sociología son hijas de la incertidumbre, también la matemática moderna.   Desafiaron  las ideas de algunos doctos profesionales, sobre todo aquellos muy afectados de sí mismos,  que pregonaban que ellos eran personas que ayudaban a sus vecinos o a sus pacientes,  y nunca les habían dañado. Que trabajaban para su bien. ¿Cómo ellos, con su sabiduría convencional y sus nuevas tecnologías se iban a equivocar?. Pero hoy sabemos cuantos urbanistas y profesionales urbanos, han dañado a las ciudades y la vida de las personas.

Hay una historia que siempre cuenta Margaret Hefferman. Es el caso de la doctora Alice Srtewart, una mujer fantástica y poco corriente de los años 50 del siglo XX. Y era poco corriente porque estaba realmente interesada en una nueva ciencia,  el naciente campo de la epidemiología,  el estudio de los patrones de la enfermedad. El problema complejo que Alice tenía  era el aumento del fallecimiento de niños por la incidencia de cáncer en ellos. Se enfrentó a esta anomalía, desafiando la sabiduría convencional de su época. Su experiencia como doctora, su saber mirar, le decía que no era, en este caso, la pobreza la causante del problema. Sus conclusiones le dijeron que la causante era la maquina tecnológica más importante del momento, los rayos X. Las madres embarazadas expuestas a rayos X, tenían una relación de dos a uno, de que los hijos tratados con rayos X tuvieran cáncer. Y estas maquinas las usaban sobre todo los madres embarazadas de familias ricas.

Los datos estaban ahí, abiertos, libremente disponibles,  pero nadie quiso atenderlos.  Moría un niño a la semana,  pero nada cambió.  La información sola no lidera el cambio. Así que durante 25 años, Alice Stewart tuvo un problema muy grande entre manos:  ¿cómo sabía sí estaba en lo correcto?.  Ella tenía una forma estupenda de pensar, no tenia miedo a desafiar el conflicto.  Se puso a trabajar con un estadístico llamado George Kneale  que era todo lo que Alice no era. Alice era empática, le gustaba relacionarse con las personas, Kneale era lo contrario le gustaban más los números que las personas. Por raro que parezca  la relación de trabajo entre ambos fue fantástica. Convirtieron su trabajo de pensar y enfrentarse al conflicto en torno a las teorías convencionales, en una colaboración fructifica.  George le dio a Alice la confianza para saber que tenía razón, para demostrar que las teorías convencionales estaban equivocadas.

Que fantástico modelo de colaboración:  socios de pensamiento que no son eco uno del otro.  ¿Cuántos de nosotros  nos atreveríamos a tener esos colaboradores?.  Alice y George fueron muy buenos para el conflicto.  Fueron muy buenos para pensar de otra manera. No tuvieron miedo a crear equipo, colaborar, para enfrentarse al conflicto.

¿Qué se requiere para abordar conflictos de ese tipo de forma constructiva?.  Tenemos que resistir el impulso neurobiológico,  que nos lleva a preferir a personas como nosotros, significa que tenemos que buscar personas  con diferentes antecedentes, diferentes disciplinas,  diferentes formas de pensar y diferentes experiencias,  y encontrar formas de colaborar con ellos.  Se requiere mucha paciencia y mucha energía.

Margaret Hefferman decía : “Cuanto más pienso en esto,  más creo que, realmente, se trata de una especie de amor.  Porque uno simplemente no invierte tanta energía  y tiempo si realmente no le importa.  Y también significa que tenemos que estar dispuestos a cambiar nuestras mentes”.  

Los mayores problemas a los que nos hemos enfrentado en nuestras ciudades y territorios, los mayores desastres que hemos tenido, nunca han provenido por el hacer de las personas, sino de las organizaciones encargadas de planificar, alejadas de la realidad. Muchas de estas organizaciones o corporaciones profesionales han afectado a cientos, incluso a millones de vidas. Decían hacer buenas planificaciones y se equivocaron. ¿Es que estas organizaciones no piensan? Pues bien, la mayoría no lo hacen.  Y no es porque no quieran,  en realidad es porque no pueden.  Y no pueden porque la gente en ellas  teme mucho al conflicto que origina la complejidad del avance de las personas y de las comunidades. Tienen miedo a la realidad. Miedo del conflicto que se provocaría,  miedo a estar involucrados en  desafíos que no saben cómo manejar,  y  sienten que están condenados a perder. No sabemos pensar juntos y además fallamos en lograr que lo mejor que tenemos cada uno, florezca en la colaboración.

¿Que necesitamos?. Nos hace falta nuevas habilidades  y mucha practica, sin miedo al conflicto. Tenemos que verlo como maneras nuevas de pensar en complejidad, tenemos que ser realmente buenos en esto, en gestionar organismos complejos.  Es verdad que la complejidad es complicada y que genera márgenes de error, a veces muy amplios, porque la incertidumbre crece con la complejidad. Complejidad e incertidumbre van unidas. Gestionar bien la complejidad es aprender a gestionar la incertidumbre. Tenemos que aprender a abrazar la incertidumbre. No podemos eludir el conflicto, sino aprender a ordenar y planificar con incertidumbre nuestros territorios y nuestras actividades. No se trata de renunciar a las civilizaciones urbanas en sus múltiples dimensiones y posibilidades, porque nos traigan incertidumbres, sino a creer más en ella, en lo que ellas hacen. Tendremos que hacer estrategias de planificación capaces de moverse  con rapidez a los cambios, tendrán que ser solo normativas en lo esencial, pero más robustas. 

Hoy muchos tenemos estas inquietudes, muchos tenemos las mismas preguntas y dudas. Pero tenemos muchos aliados. Sí, habrá mucho debate, conflicto y dificultad, pero de aquí saldremos más creativos, con más soluciones y con mejores equipos y organizaciones. Sino tenemos miedo al conflicto, si no tenemos miedo a la realidad. Como he dicho en otro articulo el mayor riesgo que podemos tener es no hacer nada, no aprender nada, quedarnos en silencio.

Como he dicho la mayoría de las grandes catástrofes de las que hemos sido testigos,  rara vez vienen de las personas, ni siquiera de la información que está disponible gratuitamente. Lo que ocurre es que estamos intencionalmente ciegos,  porque no podemos o no queremos  enfrentarnos al conflicto que esto nos provoca.  Pero cuando nos atrevemos a romper ese silencio,  o cuando nos atrevemos a ver el conflicto,  nos habilitamos a nosotros y quienes nos rodean  a mejorar la forma de pensar. La información abierta es fantástica,  las redes abiertas son esenciales.  Pero la verdad no nos liberará,  hasta que desarrollemos las habilidades, el hábito, el talento  y el coraje moral para utilizarla. La única verdad es la realidad. La apertura del big data y las nuevas tecnologías no es el fin.  Es el comienzo. 

                                                                                VICENTE SEGUÍ PEREZ (Economista Urbanista)

viernes, 15 de mayo de 2020

EL COVID-19 HA PUESTO EN EVIDENCIA EL DÉFICIT URBANO DE BIENESTAR



El covid-19 ha puesto en evidencia el déficit urbano de bienestar que tienen nuestras ciudades. Creíamos que teníamos ciudades inteligentes y ahora ni siquiera estamos seguros que tengamos ciudades saludables. Tenemos que empezar a elaborar una nueva estrategia urbana de conocimiento, que tenga un paradigma común: ciudades contra el cambio climático, ciudades saludables, ciudades ecológicas, ciudades verdes, ciudades solidarias , ciudades humanas, ciudades colaborativas o cooperativas …..

Todos estos conceptos constituyen un nuevo paradigma urbano. Que nos obligan, no a hacer más de lo mismo, ni a activar lo mismo, sino a transformar el futuro de nuestras ciudades y territorios en otras direcciones. Tenemos que saber cuantas cosas tienen en común estos conceptos y otros similares. Una de las cuestiones, entre otras muchas, es, con cuanta densidad podemos vivir y como vamos a planificar las distintas densidades. Para cuestiones climáticas, la alta densidad no viene mal. Interesa que la gente viva más compacta, que use el transporte masivo y no se mueva cada persona aislada en su coche, como diría Richard Senett. Pero la densidad también puede ser una amenaza para la salud. Así que la cuestión está en elaborar formas de convivencia urbanas que sean tanto verdes como sanas. ¿Cómo compaginar distintas densidades?.

Otra cuestión es como podemos convivir con la naturaleza. Cuánto nos sirve la naturaleza para hacer ciudad y cuánta ciudad podemos hacer con la naturaleza. En esta referencia es importante entender que el mundo rural y sus actividades son ciudad. Quizás el primer modelo de ciudad que existió. Es hora que aceptemos que no existe un pensamiento único de ciudad. A lo largo de la historia han existido múltiples modelos: el medieval, el comercial, el burgués, el industrial, el de los servicios, las Smart Citys…u otros modelos según el mundo físico que colonizaron las distintas civilizaciones. Pero hoy, tenemos que desarrollar la ciudad rural contemporánea, la ciudad territorial, es un asignatura pendiente. Estas tienen otros tipos de densidades y responden a estrategias cruciales para nuestra existencia.

Tenemos que saber gestionar distintos tipos de densidades, incluso dentro de una misma estructura urbana, y por tanto nodos de concentración diferentes. Una ciudad puede tener distintos nodos de concentración y movilidad. Crear nodos de concentración es crear ciudad. Por ejemplo, las llamadas ciudades (áreas urbanas) de 15 minutos. En estas, la gente puede llegar en bicicleta o andando en 15 minutos a un centro sin que necesiten transportes masificados, que pueden llegar a ser muy peligroso en casos como el que vivimos actualmente.

Son cambios enormes. Supone reconstruir urbes, modelos de convivencia y de comunicación muy diversos. Cúmulos de muchas ciudades distintas entre las que podemos movernos, manteniendo todas ellas ese paradigma inicial que hemos comentado de ciudades saludables o similares.

 El liberalismo, como fuerza económica, ha debilitado nuestra red de salud y convivencia. No nos sirve en caso de crisis, ni siquiera para resolver los problemas que nos surgen en los estados de déficit, bien sean de barriadas o de servicios. La infraestructuras de bienestar esenciales para la vida son la piedra angular del paradigma del que hablamos. Y el empleo y sus relaciones deben estar previstas en este tipo de modelo urbano.

Necesitamos crear o recoger nuevas formas de comunicarnos entre todos los que habitamos un espacio, no podemos esperar que algún organismo público o privado lo haga por nosotros, sin nosotros. Tenemos que fabricar las conexiones nosotros mismos. El Estado debe aprender a coordinar y a dirigir estos procesos planificativos. No podemos esperar que el capitalismo nos de la solución. El capitalismo que conocemos es excesivamente dependiente de altos niveles de concentración espacial y energética. Tendremos que cambiar la economía y decidir que planificación queremos y cómo supliremos las ausencias de los modelos únicos. El trabajo es inmenso.

sábado, 9 de mayo de 2020

NO ES LO MISMO ADMINISTRAR LA CIUDAD QUE PLANIFICAR LA CIUDAD

Conforme la complejidad de las ciudades ha ido aumentando, la administración de las mismas ha ido cogiendo un peso cada vez más importante. Hasta el punto, que hoy cuando abordamos problemas de administración, pensamos que estamos planificando, y lo que es peor, el debate y la reflexión sobre la administración ha ido ocupando todo el espacio de los debates urbanos, arrinconando a la planificación urbana a un lugar marginal.


Administrar tiene que ver con diseñar y gestionar procedimientos, protocolos o procesos para el desarrollo de las actividades urbanas. Estos tienen que estar bien diseñados, tienen que ser agiles, eficientes, transparentes, tienen que estar digitalizados, no ser complejos, ni repetitivos, tener pautas bien marcadas de resolución, tiempos, calidad…etc. El acierto en el desarrollo de toda esta administración es muy importante, no es nada baladí para el desarrollo de la ciudad, afecta a la ciudad, pero no tiene que ver con la planificación como disciplina, ni con la ordenación, investigación, diseño o concreción de políticas urbanas.

La administración, tiene una historia, una filosofía del conocimiento y un practica distinta de la urbanística. Por cierto muy importante, que lamentablemente se nos olvida. Sin darnos cuenta hoy, la mayor parte de nuestros debates, tienen más que ver con la administración y los problemas jurídicos administrativos que surgen de sus fallos y defectos formales o de equidad, que de los problemas que surgen de la investigación sobre la planificación urbana (el urbanismo).

Hasta el punto, que hemos acabando creyendo que nuestros debates administrativos son debates de planificación. Y no, no tienen nada que ver, bueno si se están relacionados, pero responden a conocimientos diferenciados. No son uno mejor que el otro, ambos son importantes. Pero tenemos que saber en que mesa de juego estamos cuando abordamos un problema.

Hablar sobre las recomendaciones y acciones que toma el Ayuntamiento de Madrid para mejorar procedimientos administrativos, por cierto un documento que como disciplina administrativa es lamentable por su debilidad,  o hacer una guía practica sobre como deben ser los certificados de declaración responsables, no se parece nada a estudiar o leer las opiniones e investigaciones de Richard Sennett sociólogo de la London School Economics o de Saskia Sassen Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales o de Lewis Munford, Manuel Solá Morales..etc.

Tan importante y valioso es saber diseñar buenos y agiles procedimientos de administración para la ciudad, como diseñar adecuadas políticas urbanas de planificación. Por cierto estas no son solo de Arquitectura, y en muchos casos tienen poco que ver con la Arquitectura. La ciudad, no es solo una estructura física, también es una estructura humana, sociológica, económica, de movilidad e intercambio de conocimientos.

VICENTE SEGUÍ PEREZ. Economista Urbanista

lunes, 8 de agosto de 2016

TEDDY CRUZ Y EL PROCESO DE CREACIÓN DE CIUDAD POR EL VECINDARIO.escrito por Vicente Seguí Pérez


El arquitecto Teddy Cruz nació en Ciudad de Guatemala en 1962, casi cuando se iniciaba la Guerra Civil en este país centroamericano al que se llamó Conflicto Armado Interno. Ese largo conflicto bélico librado entre 1960 y 1996, que se produjo dentro del marco de la guerra fría entre el bloque capitalista de los Estados Unidos y el bloque comunista de la Unión Soviética, causó un gran impacto en toda el área. En su mismo año de nacimiento se creaba el primer grupo guerrillero del país, el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre.

La carrera del arquitecto Teddy Cruz comienza tras estudiar en la Universidad privada jesuítica Rafael Landivar de Guatemala City, fundada a principios de los 60 del siglo pasado y la Graduate School of Design de la Universidad de Harvard en la se gradúa en 1997, con la apertura de su oficina de Investigación Urbana y Arquitectónica Estudio Teddy Cruz (http://estudioteddycruz.com/ ) en el año 2000 en San Diego, California. Durante los últimos años se ha centrado en la observación, investigación y traducción de las dinámicas urbanas transfronterizas que transgreden la rigidez de los límites migratorios, sociales, económicos y los sistemas de retroadaptación y reciclaje. En la actualidad es profesor de cultura pública y urbanismo en la Universidad de California en San Diego, donde es cofundador del Centro para ecologías urbanas (CUE).

Cruz había aprendido por la experiencia de su vida propia y de su país lo que era la adaptación, no necesitaba que otros le contaran su necesidad, ni que ningún director general de la CIA se lo explicara, ni le contaran lo que era la guerra de Irak u otros conflictos, sabía que mucha gente tenía que adaptarse a circunstancias muy críticas, y sabía bien porqué. Con todo ese conocimiento, Teddy se preguntó desde muy pronto, por qué no él y lo que hacía, la arquitectura y el urbanismo, no debía hacerlo.

Teddy Cruz a partir de la década de 1980, trabaja y vive en esa frontera tan concurrida que sostiene el “paso de inmigrantes”, porque el que transitan más de 70 millones de personas al año. Pero no solo lo hacen personas, también lo transitan casas enteras, puertas de garaje, desechos de construcción, todo tipo de aparatos domésticos, coches y restos de materiales de cualquier tipo, lo que termina definiendo múltiples espacios no reglados, barrios fronterizos, precariedades, modelos de ciudad que marcan la diferencia entre ser y el aspirar a ser.






Cruz, representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia de 2008 que tenía el lema” Ahí fuera: Arquitectura más allá de la construcción”. Su teoría y su obsesión no es solo criticar la crisis de las instituciones y las disciplinas regladas que teorizan sobre los órdenes urbanos, profundamente preocupados por formalizar proyectos en laboratorios, incapaces de idear otra manera de construir las ciudades o de lidiar con los crecimientos urbanos que los que les dan sus reglas legales corporativas, su cruzada también está en aprender del ingenio, la inventiva y la cultura participativa de la ciudad informal. Esto no tiene nada que ver con la tentación de poetizar o embellecer la pobreza, ni de alabar la ciudad especulada o no reglada. Lo que Cruz hace es analizar la capacidad de reacción de una población sin preparación pero con urgencias vitales para resolver sus modos de existencia y su adaptación a los espacios y considerar esa capacidad cultural. Está convencido de que las mejores ideas para el futuro de las ciudades surgirán de los lugares de conflicto, de esos lugares donde las personas han sabido dar respuestas ingeniosas a espacios de tránsito y a territorios límites. Estas cuestiones no se estudian en las Universidades, ni se contemplan en las decisiones gubernamentales.


En el marco que él ha estudiado, en la frontera entre San Isidro, un suburbio de San Diego, y Tijuana, el urbanismo extensivo (el sprawl de Baja California) choca con la densidad de los nuevos poblados fronterizos. En San Diego están algunos de los terrenos más caros del mundo y a pocos kilómetros, a “apenas 20 minutos”, algunos de los asentamientos más pobres de Latinoamérica: la periferia de Tijuana.


Es el flujo físico de inmigrantes lo que fomenta, a su vez, el flujo de residuos y el papel de esos inmigrantes convertidos en autores físicos, e ideológicos, de la transformación de los territorios. El barrio estadounidense y el poblado limítrofe, al otro lado de la frontera, es lo que le interesa. Pedazos de los barrios tradicionales norteamericanos pasan al otro lado de esa frontera para construir otras casas. Los materiales de desecho son reutilizados por obreros que han sido capaces de extraer de ellos otro tipo de arquitectura que aúna supervivencia con creatividad e ingenio con precariedad.

En México, a veces una vivienda sobre otra construye una torre de apartamentos a partir de antiguas residencias unifamiliares. Al otro lado, en California, la ocupación de garajes como viviendas y la precariedad laboral también definen un nuevo tipo de hábitat y vivienda experimental.

Lo que Cruz hace, desde hace cerca de quince años, es cuestionar el papel del arquitecto tradicional en lugares de conflicto (la ausencia o la negación casi siempre) y proponer otras acciones. Para él las mejores ideas para la redefinición del territorio llegan cuando el urbanismo se implica prestando atención a las posibilidades de la ciudad informal a la hora de apuntar caminos para otra manera de urbanizar el mundo.


Son las personas las que construyen a la vez las diferencias y las semejanzas entre los espacios urbanos, es ese oscilar entre semejanzas y diferencias el que caracteriza los mejores espacios, con los cuales el compromiso del urbanista ha consistido en dotar de razón y atracción a los mismos.

Por eso defiende una nueva planificación realizada desde abajo, construida por los propios ciudadanos. En realidad, es el urbanismo más practicado del mundo, el urbanismo que más nos gusta. El que crea estrategias alternativas a lo que está impuesto política y económicamente. Lo informal siempre cumple un papel parecido: dar cabida a lo que no cabe en un mundo pulcramente dibujado y reglado.

Eso es muy visible en Tijuana, donde el 75% de la vivienda es autoconstruida. Sin embargo, también San Diego, al otro lado de la frontera, tiene ciudad informal. De algún modo se ha formado por la llegada del inmigrante, que va alterando los espacios homogéneos de la cultura dominante. En parte obedece a que, aunque no queramos verla, la autoconstrucción es la norma, no la excepción.

Cruz cree que se puede aprender de la manera de hacer de estos espacios informales, de la colaboración profesional en ellos. “Crecí rodeado de una realidad que no he olvidado. Me refiero no solo a la situación política de represión, también a la pobreza extrema”. Lo que le ha llevado a pensar así es, además de su propia vida, la frontera en la que ha elegido vivir. Él es uno de los 300.000 individuos que a diario cruzan la frontera para trabajar a un lado y dormir al otro. Fue ese tráfico de personas y de mercancías lo primero que llamó su atención cuando se trasladó a vivir allí. Observó que con los desechos de San Diego se estaba construyendo Tijuana, por lo menos la zona cercana a la frontera. Había muros levantados con neumáticos, también puertas de los garajes de San Diego resucitadas como fachadas en las viviendas mexicanas. Cruz llama a este collage “urbanización sándwich”.

Es ahí donde Cruz ha crecido profesionalmente, pero también es ahí donde el urbanismo ha encontrado siempre sus mejores aciertos. Ese lugar atípico que en lugar de utilizar el diseño para resolverlo, ha utilizado la colaboración y la participación para dotarse de conocimientos y estrategias urbanísticas. La ciudad solo se fortalece cuando lo informal y lo formal logran entenderse, cuando colaboran entre sí. El urbanismo no niega las repuestas de los ciudadanos a los conflictos. Es posible un urbanismo más inclusivo y permeable en el que cabe la resolución personal del conflicto, la autoconstrucción o los movimientos de personas. Es posible un urbanismo que sustente la producción de ciudad en procesos más colaborativos con la producción del vecindario.

En la actualidad, el futuro de las ciudades depende menos de la construcción y más de la reorganización básica de las relaciones socioeconómicas y de la organización de los recursos y de las opciones. Por ello, necesitamos un replanteamiento urgente del crecimiento urbano actual y de nuestras formas de organización. Tenemos que cuestionar el papel de ese urbanismo incapaz de entender los procesos y los conflictos de los ciudadanos, explorar otras posibilidades más informales que no desreguladas, a la hora de diseñar una nueva manera de organizar los espacios.