lunes, 12 de octubre de 2020

CONVERSACION SOBRE LA CIUDAD CON EL FILOSOFO BYUNG-CHUL HAN (1Parte)


El filósofo coreano Byung-Chul Han, en Barcelona en 2018.

Este es un texto basado en una conversación personal con algunos textos del filosofo alemán vivo más leído en todo el mundo, el coreano Yung-Chul Han(Seúl, 1959), profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, a él se debe la motivación de las ideas de este escrito. 

Desde el confinamiento para acá o desde la epidemia del coronavirus, como guste más, hay algo que aunque ya venía marcándose se a agudizado en extremis y que muchos urbanistas y amantes de las ciudades se han puesto a pensar en sus efectos: En primer lugar, la violencia que están ejerciendo las comunidades urbanas, las ciudades, contra la naturaleza y el mundo rural, se está volviendo contra ellas cada vez con más fuerza. En segundo lugar, la nueva modernidad urbana(ciudad) tecnológica es cada vez más incompatible con la construcción de la ciudad, entendida como hasta hora, como conjunto de espacios rituales-comunitarios, que son los que conforman la ciudad, o lo que viene a ser lo mismo. el capitalismo es cada vez más incompatible con la comunidad, con la construcción de la ciudad. La producción y el rendimiento se han convertido cada vez más en los valores mas absolutos de la comunidades urbanas. Ha habido épocas en que el capital estaba más abierto a este tipo de rituales y participaba en la construcción de espacios comunitarios, civiles o eclesiales pero al capitalismo tecnológico actual esto ya no le interesa. Y en tercer lugar, la agudización de la desigualdad está descosiendo la ciudad y rompiendo su unidad y su cohesión como concepto proyectual. 

Estos temas y otros colaterales son los que nos están obligando a repensar distintos aspectos de las ciudades y de nuestros territorios de existencia y convivencia. 

Hoy día, como diría Byung-Chul Han, la ciudad y los territorios de nuestro planeta, se están desritualizando. Uso el termino ritual, como lo utiliza Byung-Chul Han, que viene a decir que los rituales son acciones simbólicas que genera una comunidad sin necesidad de comunicación expresa. Las comunidades históricamente ritualizaban espacios y actos sin necesidad de una comunicación precisa. 

Necesitamos poner el acento en que la ciudad está desapareciendo como ritual de comunidad. La desaparición de los rituales en la actualidad, alumbra la desaparición de la ciudad. La hipercomunicación consecuencia de la digitalización cada vez nos está más interconectados, puede ser, pero este tipo de interconexión, de valor único de la comunicación, no trae consigo más vincu­lación ni más cercanía. Las redes sociales digitalizadas acaban con la dimensión social urbana al poner el ego en el centro. A pesar de la hipercomunicación digital, en nuestra sociedad la soledad y el aislamiento aumentan. Hoy en día se nos invita continuamente a comunicar nuestras opiniones, necesidades, deseos o preferencias, incluso a que contemos nuestra vida. Cada uno se produce y se representa a sí mismo. Todo el mundo practica el culto, la adoración del yo, de lo particular. Por eso digo que los rituales producen espacios de ciudad (comunidad), prevalece la comunidad sobre la comunicación: la memoria colectiva intersubjetiva sobre la comunicación digital. En cambio, hoy en día prevalece la comunicación digital sobre la ciudad. Los espacios de las ciudades se conforman sobre el concepto de comunidad. Sin comunidad no hay ciudad. Los espacios comunitarios de ciudad no necesitan una prevalencia de la comunicación que los justifique, aunque siempre el poder ha querido darles su significado propio, apropiarse de ellos, para trasladar su mensaje, imponer si ideología. 

Con la pandemia, cada vez celebramos menos fiestas comunitarias. Cada uno se celebra sólo a sí mismo. Tenemos la idea de que el origen de todo placer es un deseo satisfecho. Solo la sociedad de consumo nos resuelve la satisfacción de nuestros deseos. No obstante, tenemos que darnos cuenta que las fiestas, así como los juegos, y otros tipos de relaciones no tienen que ver con el deseo individual, no procuran satisfacer nuestro propio deseo. Antes bien, se entregan a la pasión por las reglas. 

No estoy diciendo que tengamos que volver al pasado. Al contrario. Sostengo que tenemos que inventar nuevas formas de acción y ritos colectivos que se realicen más allá del ego, del deseo y del consumo, y creen comunidad. Y si creamos nueva comunidad crearemos nueva ciudad, pero sin comunidad no tendremos ciudad, tendremos otra cosa. 

Hemos olvidado que la comunidad es fuente de felicidad. La felicidad y la libertad son dos actividades y emociones humanas que van de la mano. Sería bueno que comprendiéramos como definimos la libertad desde un punto de vista comunitario. Freiheit, la palabra alemana para “libertad”, significa en origen “estar con amigos”. “Libertad” y “amigo” tienen una etimología común. La libertad es la manifestación de una relación plena necesaria para obtener la felicidad. Por tanto, deberíamos redefinir la libertad a partir de la comunidad, alejándonos del concepto de libertad egótico que conlleva el neoliberalismo tecnológico. 

No nos equivoquemos el consumo no es un ritual, las practicas capitalistas o burocráticas nos son formas secularizadas de rituales de relaciones de comunidad. El consumo refuerza la obsesión con ego, los rituales me alejan de él. En los centros comerciales y en el capitalismo en general, domina una atención que gira entorno al ego, en torno a lo particular, no en torno a lo comunitario. En la plaza, en la calle, en las esquinas, en los parques, jardines o bulevares encontramos una forma totalmente diferente de atención, prestamos atención a cosas que no se pueden alcanzar con el ego. Necesitamos recuperar una forma de atención diferente, no podemos prestar atención a las cosas que se pueden alcanzar solo con el ego. El consumo refuerza nuestra obsesión por el ego. Las acciones que fortalecen la comunicación en comunidad (los rituales) nos alejan del ego. De ahí la importancia en darnos cuenta del uso que damos a las cosas, a los animales a los seres sensibles, hoy día solo los usamos para consumirlos, agotarlos y destruirlos. No los tratamos con cuidado, con amistad. Tenemos que aprender a tratar bien las cosas que nos sirven y participan con nosotros en la vida, sostenerlas de manera delicada, como nos sostienen ellas a nosotros. 

No creo que solo con el ego podamos crear comunidad, ciudad. El yo digital no nos sirven para crear comunidad Los espacios públicos, rituales están hechos como dijo Malebranche para la atención natural del ser humano: la celebración, la conversación, la amistad, las relaciones, no hay vida urbana sin relaciones. Nos embriagamos con los canticos, con la música, con el teatro, con los aromas, con la fiesta, con el juego, son con estas cosas mediante las cuales me olvido de mi mismo, de mi ego y experimento una hermosa sensación de comunidad. De esta forma ritualizamos las cosas, los espacios y con ellos creamos ciudad, comunidad. La ciudad es una comunidad intersubjetiva, incluyente, cuidadosa. El futuro de la ciudad no puede ser excluyente, ni narcisista donde lo único que cuenta es la sinceridad y la autenticidad de nuestras emociones. El dataísmo, que hoy reclamamos como forma de solución tecnológica para las ciudades, es una forma pornográfica de conocimiento que anula el pensamiento. No existe un pensamiento basado en los datos. Lo único que se basa en los datos es el cálculo. El pensamiento es erótico. Heidegger lo compara con el eros. El batir de alas del dios Eros lo acariciaba cada vez que daba un paso significativo en el pensamiento y se atrevía a aventurarse en un terreno inexplorado. “¿Quién dice que la ciudad ya está descubierta o terminada?”. La ciudad, la comunidad, es más profunda de lo que pensamos. 

Vicente Seguí Pérez (economista-urbanista)